sábado, 6 de marzo de 2010
LAS RIQUEZAS
Hace algún tiempo que el millonario americano Rockefeller escribió a Tolstói para preguntarle cuál era el mejor empleo que podía darse a las riquezas para favorecer a la humanidad. Tolstói le contestó con esta carta:
A las preguntas que me dirige V. para saber hasta qué punto la riqueza es compatible con la doctrina cristiana que V. profesa, le contestaré esto: Sin hablar siquiera de las enseñanzas del evangelio, el simple buen sentido nos dice que la riqueza es, de por sí, incompatible con una vida buena en absoluto.
Creo haberlo demostrado suficientemente en mi escrito: ¿Qué debemos hacer?
El dinero que se guarda en un arca o en un Banco, constituye, sin la menor duda, una orden de cobro para aquel que no lo posee, para el pobre. Poseer estas ordenes de cobro para ejecutarlas si así place, o para amenazar con ellas a fin de patentizar su poder, no es un bien, sino un mal. De este modo aparece el dinero ante el simple buen sentido.
Considerada desde el punto de vista cristiano, la cosa se ve más clara aún. Toda la doctrina evangélica, todo su espíritu, sólo hablan de la vanidad de los cuidados del hombre para asegurar su porvenir, para acumular riquezas, y del deber de portarse, no como el rico de la parábola que amontonaba trigo en sus trojes, sino como el Lázaro pobre. Se dice en el Evangelio: “Los pobres son dichosos y desgraciados los ricos; no se puede servir a la vez a Dios y a Mammon; hay que dar a quien tiende la mano y no volver a tomar lo dado”, y muchas otras cosas parecidas.
Tal es el espíritu de la doctrina cristiana. En el diálogo con el joven rico, la verdad está expresada con tal precisión que es imposible equivocarse. Se dice: “Si quieres ser perfecto, abandona todas tus riquezas y entonces ven hacia mí.”
Para justificar la desobediencia a esta enseñanza, los que se dicen fieles y sólo son falsos intérpretes del texto, citan la expresión: “Si quieres ser perfecto”, para afirmar que la perfección no es de este mundo. Pero estas palabras de Jesús quieren significar: “Si quieres ser mi discípulo.”
Se ha hecho otra tentativa para justificar la transgresión de esta doctrina, a pretexto de que en ella se dice: “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.” Esta justificación tampoco tiene fundamento, porque esas palabras no significan en modo alguno que Dios puede salvar también a los ricos, sino que la imposibilidad de abandonar sus riquezas se convierte en una posibilidad para aquel en quien despierta el espíritu divino que alienta en él.
Siento verdadera vergüenza de decir estas vulgaridades y de demostrar lo que es una certidumbre para todo hombre verdaderamente religioso, crea o no en la esencia divina del Evangelio.
León Tolstói
miércoles, 17 de febrero de 2010
La caza y el sentimineto moral Por León Tolstói
Nos sentimos orgullosos del progreso de nuestra civilización, examinamos con gusto lo que consideramos como conquistas suyas en todos los ramos de la vida social, y no advertimos que nuestra existencia se funda a menudo en los principios mas injustos y crueles, ni que la humanidad del porvenir hablará de ellos con igual repulsión que la que hoy experimentamos por la esclavitud y los tormentos.
Es verdad que la caza no es la mayor de las infamias que nos quedan de lo pasado; pero el aumento desvergonzado que ha adquirido en nuestro tiempo, es muy instructivo. La enseñanza que de ello se deduce es esta: Que no se puede disimular el objeto de la caza con palabras rimbombantes, que sirven para ocultar el verdadero carácter de las manifestaciones bárbaras. Pero la razón siempre está dispuesta a justificar toda villanía. Esto es lo que me sucedió cuando empecé a dudar de la inocencia de la caza, y no quería privarme del disfrute de tal placer. Vergüenza me da recordar las justificaciones ingeniosas que inventaba en aquélla época, para tener el derecho moral de entregarme a mi distracción favorita.
Recuerdo que una de esas justificaciones consistía en decirme que todo animal, de presa o no, destruye otros seres vivientes. El lobo se come a los carneros y liebres; éstos se tragan con la hierba gran cantidad de insectos que también desean vivir. Así, matando en la caza un solo animal, salvo con ello la vida de los seres que ese animal habría destruido, si continuara viviendo.
Satisfecho con este pretexto, que me parecía una razón convincente, continuaba cazando.
Un día, apostado en la linde del bosque durante una batida, derribé de un tiro a un lobo, y luego fui hacia él para rematarlo con un garrote que tenía preparado para tal objeto. Le dí en la nariz, el sitio más sensible del animal. Me miró a los ojos, y a cada golpe lanzaba un suspiro ahogado. Pronto se agitaron convulsivamente sus patas, se estiraron, moviólas un ligero estremecimiento, y después quedaron rígidas. Volví rápidamente a mi sitio muy emocionado, y me oculté detrás de un árbol, acechando una nueva víctima.
Por la noche, en la cama me acordé de mis impresiones durante el día, y me representé el momento en que oí cerca de mí un ruido entre los matorrales y apareció el lobo, lanzando miradas en torno. Me acuerdo de que el animal no me vio, y que oyendo detrás de él los gritos de los ojeadores, huyo del bosque para lanzarse a campo traviesa, y de cómo en aquel instante le derribó la bala de mi fusil y cómo lo rematé.
Aquel recuerdo me hacía latir el corazón y sentía con delicia las emociones de la jornada. Sentía una verdadera voluptuosidad recordando los padecimientos del animal expirante.
Pero, poco a poco, sentí malestar y después comprendí, por el corazón y no por la razón, que ese asesinato era una mala acción, y aun peor que ella el placer que me procuraba, y mucho peor aún, la mala fe con que trataba de justificarme.
Únicamente entonces la razón me demostró la falsedad de mi argumentación anterior en pro de la caza; y que el lobo podía decir de igual modo que comiéndose las liebres, salvaba a los insectos tragados al mismo tiempo que la hierba; que las liebres podrían razonar de igual modo, y que los insectos también se disculparían a su vez.
Este mal sofisma no vale quizá la pena de ser recordado; pero, analizando los sofismas, se acuerda uno de su analogía con las grandes frases con que estamos acostumbrados a velar las infamias mayores de la vida moderna y que tan corrientes son en la sociedad.
Me acuerdo de la época en que el peligro corrido por los cazadores en las grandes batidas, adquiría a mis ojos gran valor. No notaba entonces que los hombres se las componen siempre de modo que corran menos riesgo que las fieras, y que, además, arriesgando la vida por puro capricho, lejos de disminuir su culpabilidad, la aumentan. Existen tantos medios de servir al prójimo arriesgando la vida, que es un crimen exponerla por gusto.
Pero si los cazadores se alaban del peligro que corren a veces, no advierten jamás el peligro moral, incomparablemente más grande, que corren cada vez que cazan.
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La compasión es una de las más preciosas facultades del alma humana. Compadeciéndose de los sufrimientos de un ser viviente, el hombre se olvida de sí mismo y comprende la situación de la desdicha. Por medio de este sentimiento se sustrae a su propio pensamiento, y adquiere la posibilidad de unir su existencia a la de los otros seres vivientes.
Ejerciendo y desarrollando esta facultad, el hombre se encamina hacia la vida impersonal que eleva a más alto grado su conciencia y le proporciona la mayor dicha asequible. Así, la piedad que sirve para endulzar las penas ajenas, resulta aún más útil para quien la siente.
Budha (Cakia-Muní), el apóstol de la piedad, prohibía a sus discípulos matar a los seres animados.
Una leyenda conmovedora cuenta que uno de sus discípulos, un peregrino, encontró un perro cubierto de llagas y comido por los gusanos. El peregrino se inclinó, cogió con sus manos a los gusanos, los reunió en montón en el camino, y se alejó. Pero reflexionó que había quitado a los gusanos su alimento y que morirían de inanición. Sintió lástima, desanduvo lo andado, cortó un trozo de su propia pierna, y lo colocó junto a los gusanos, a fin de que pudieran alimentarse. Y entonces continúo su camino, ya tranquilo el ánimo.
Esta leyenda es instructiva, no en el sentido de que debamos dejarnos comer por los gusanos, sino porque indica que la piedad no debe tener límites, y que jamás debe rechazarse tal sentimiento, sino acogerlo por el contrario.
La piedad es siempre igual, ya se experimente por un hombre o por una mosca. En uno u otro caso, el hombre accesible a la piedad abandona el egoísmo y siente mejor las satisfacciones morales de la vida. He aquí por qué el hombre debe particularmente apreciar toda piedad que experimente por cualquier ser viviente. Apenas apunta este sentimiento por un motivo fútil, hay que dejarle crecer y no ahogarlo.
El hombre que comprende toda la importancia moral de la piedad, no retrocederá ante el temor de que sus manifestaciones puedan hacerle parecer ridículo a los ojos de los demás. Nada le importa que, soltando un ratón cogido en la ratonera, provoque las burlas o la desaprobación, puesto que sabe que no tan sólo ha salvado de la muerte a un animal que anhelaba vivir, sino que ha dejado manifestarse el sentimiento de la compasión, y ha dado así un paso hacia la era superior del amor universal que, no teniendo límites, le libra de la muerte y le identifica con la vida.
Los cazadores obran de un modo diametralmente opuesto; no una sola vez por casualidad, sino siempre, ahogando en sí el preciosos sentimiento de la caridad. Es poco probable que entre los cazadores haya uno solo que no experimente, una vez por lo menos, algo de piedad por sus víctimas, pero siempre trata de dominar tal sentimiento considerándolo como una debilidad. Así se aplasta, apenas nacida, la flor de la piedad, que, creciendo, haría desarrollarse el sentimiento más elevado y perfecto del amor. En este constante suicidio moral estriba el mal peor de la caza.
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Mírese como se quiera, la caza es un acto estúpido, cruel y pernicioso para el sentimiento moral. No es extraño, pues, que además de su maldad para con los animales, los cazadores manifiesten en sus mutuas relaciones sentimientos no menos egoístas: el amor propio exagerado, la vanidad, la mentira, la envidia, la malevolencia. Todo cazador que analice imparcialmente sus impresiones de caza, convendrá en ello.
El famoso cuadro de Peroy, El cazador, expresa perfectamente uno de los aspectos de estas relaciones entre cazadores.
En un almuerzo de campo, un hombre de edad madura cuenta sus aventuras de caza y evidentemente las exagera. Su compañero, que es joven, parece bastante cándido para creer en tal relato. Pero otro comensal se rasca la cabeza con una expresión de desconfianza que excluye toda ilusión de respeto por el viejo embustero.
Otro cuadro. En una caza a caballo, los perros alcanzan a una zorra a dos pasos de su madriguera. Uno la coge por el cuello, otro por el cuarto trasero y tiran desesperadamente. La zorra, con las fauces abiertas, está medio muerta de terror y dolor. Los cazadores llegan y gozan de aquel espectáculo con alegría cruel. Uno va hacia el animal, empuñando el garrote con que ha de rematarlo. Otro, muy viejo, deteniendo el caballo, fija una mirada feroz en la víctima expirante. Los otros cazadores acuden de todas partes.
El pintor ha representado uno de los episodios más comunes de tales cazas, sin ninguna segunda intención. Pero el espectador que no es cazador, al ver aquella escena repugnante, se pregunta a su pesar: ¿Cuál de los actores de ese drama es más bestial: los perros excitados y rabiosos, o el dueño que les ha enfurecido?
Hay otro cuadro de un pintor inglés, Una tranquila noche de otoño, que es conmovedor de todo punto. En la margen escarpada de un lago pintoresco, iluminado por la luna, aparece tendido un gran ciervo herido, del que los cazadores perdieron la huella. Está moribundo. Junto a él, la cierva, con la cabeza levantada hacia el cielo, vierte lágrimas y lanza quejas desesperadas. Su cara expresa tal pena, tal padecimiento, que no es posible no indignarse pensando en los hombres que, después de haber realizado es hazaña sangrienta e inútil, se calientan junto a una chimenea, sentados en muelles sillones, y beben, y fuman y hablan en sus proezas de caza.
Si se pudieran expresar en un solo cuadro todos los padecimientos, toda la desesperación que durante su vida ha causado un solo cazador a los animales que ha perseguido, herido y matado, es probable que, por muy duro que fuera su corazón, sintiera vergüenza de sus actos.
Es supérfluo, creo, demostrar la influencia perniciosa de la caza sobre la juventud. Cuando el niño o el adolescente vé la seriedad con que los adultos se entregan a un placer tan vano como es el de la caza, el cuidado y la solemnidad con que se preparan a ella, el placer con que esos hombres a quienes respetan hacen padecer a seres indefensos, es difícil preguntar a este niño o a este adolescente la noción justa acerca del bien y del mal, sobre lo importante y lo fútil, sobre lo que es digno de respeto e imitación y lo que merece reprobación y desprecio. Asusta verdaderamente pensar en qué condiciones se desarrolla nuestra juventud, en la atmósfera de mal legitimado, de vicio aprobado que respiran los jóvenes, cuando su desarrollo moral tiene más necesidad de aire puro, de bien y de verdad.
Se cree que la caza da a los jóvenes, obligados a un trabajo sedentario, las ventajas de un ejercicio físico al aire libre. Es el último argumento y el más débil, porque la ocupación más noble y apacible, la que realiza el mismo fin, es el trabajo de los campos en sus numerosas y diversas aplicaciones: la labranza, la siembra, la recolección, la poda de árboles, la jardinería, la cría de ganado, etc. No se acabaría de enumerar las diversas ocupaciones que exigen tantos ejercicios físicos, tanto arte y habilidad como todos los sports imaginables. En estas ocupaciones, la comunión con la naturaleza es constante, y por medio de ellas, el hombre enseña a los animales, preparándoles para un trabajo útil mucho más provechoso que el placer dañino del cazador.
Lev Tolstói
sábado, 26 de diciembre de 2009
Thoreau y la naturaleza
A Henry David Thoreau se le conoce principalmente por su obra Walden y su ensayo Desobediencia Civil, de donde extrajo Gandhi su método de lucha contra el Estado. Muchos le consideran el primer ecologista moderno. De su relación con la naturaleza, además del mismo Walden, he aquí un ejemplo de su diario:
1857
7 de enero [...] No hay nada tan saludable y tan poético como un paseo por el bosque y los campos, incluso ahora en que no veo a nadie que haya salido por placer. Nada me inspira tanto ni estimula tan sereno y fértil pensamiento. Los objetos son edificantes. En la calle y en sociedad, me siento casi siempre mal y disperso, mi vida es inexplicablemente mísera. No hay cantidad de oro ni respetabilidad que la rediman lo más mínimo ―; cenar con el gobernador o con un miembro del Congreso!—; solamente en los bosques y en los campos apartados, en las Vegas y arboledas que recorren los conejos, incluso en un día gris como éste, y triste para la mayoría, en que un aldeano estaría pensando en su taberna, yo vuelvo en mí, me siento una vez más parte de una inmensa familia, y el frío y la soledad son mis amigos. Supongo que ese beneficio equivale en mi caso a lo que otros obtienen mediante la oración y la práctica religiosa. Yo acudo a mi paseo solitario por el bosque lo mismo que el que siente añoranza vuelve al hogar. Así me desprendo de lo superfluo y veo las cosas como son en su espléndida belleza. He dicho muchas veces que paseo siempre casi medio día, pero creo que no me creen. Deseo quitarme de la cabeza Concord, Massachusetts, América, y estar cuerdo una parte del día. Si hay misioneros para los infieles, ¿por qué no me los envían a mí? Deseo saber algo; deseo perfeccionarme; deseo olvidar durante buena parte de todos los días a todos los hombres triviales, intolerantes y mezquinos (y eso normalmente requiere olvidar también todas las relaciones personales); y por eso vengo a estos lugares solitarios, donde el problema de la existencia se simplifica. Me alejo una o dos millas del pueblo y me sumo en la soledad y en el Silencio de la naturaleza, con las rocas, los árboles, las plantas, rodeado de nieve. A veces, llego a un claro del bosque, donde sólo se ven algunas hierbas y hojas muertas en la superficie de la nieve, y es como si me acercara a una ventana abierta. Veo lo que hay fuera y a mi alrededor. Nuestras lumbreras están muy lejos de los centros de reunión habituales de los hombres. Las ventanas normales no me satisfacen. Necesito una verdadera lucerna. Y mí verdadera lucerna esta fuera del pueblo. No me expansiono ni me recreo ni me ilumino lo mismo en compañía de los hombres. Da la casualidad de que lo sociable, la ciudad y el condado o el club de granjeros no me parecen lucernas. No me siento transportado en esas circunstancias. Me aburren. El hombre que encuentro no suele ser tan instructivo como el silencio que rompe. Esta calma, esta soledad, esta naturaleza agreste, son una especie de eupatorio o consuelda para mi intelecto. Eso es lo que salgo a buscar. Como si encontrara siempre en esos lugares un compañero extraordinario, sereno, inmortal, infinitamente alentador aunque invisible, y paseara con él. Allí al menos mis nervios se calman, mis sentidos y mi mente cumplen su cometido. Sé muy bien que para la mayoría de mis vecinos sería un suplicio verse obligados a pasar una hora aquí, sobre todo un día gris como éste; y, sin embargo, yo recibo esta dulce e inefable compensación por ello. Es lo más agradable que hago. Es evidente que mis beneficios no son válidos para ellos [...]
Fuente: Diarios (Breve antologia) editorial José J. de Olañeta.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Lo qué dijo Gandhi sobre Cristo y los cristianos
Estoy seguro de que si él viviera ahora entre los hombres, bendeciría la vida de muchos que quizás jamás han oído siquiera su nombre.
martes, 8 de diciembre de 2009
Albert Einstein sobre Gandhi
Conductor de un pueblo, sin apoyo de ninguna autoridad; político cuyo
éxito no se fundaba en la habilidad ni en el control de instrumentos
técnicos, sino únicamente en el poder de convicción de su personalidad,
luchador victorioso que se burló siempre del empleo de la fuerza, y
hombre de gran sabiduría y humildad, armado de una coherencia y una
resolución, inflexibles, ha consagrado todas sus fuerzas a elevar a su
pueblo y a mejorar su suerte. Un hombre, en suma, que se enfrentó a la
brutalidad de Europa con la dignidad de un simple ser humano, y así
mostró siempre su superioridad.
Puede ser que las futuras generaciones no logren creer que un hombre
como éste se paseó alguna vez por esta tierra en carne y hueso. (1950)
viernes, 20 de noviembre de 2009
Miedo Global
Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, y los militares tienen miedo a la falta de armas y las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir.
Eduardo Galeano.
Patas Arriba.
La escuela del mundo al revés.
domingo, 15 de noviembre de 2009
León Tolstói y su visita a un matadero
Era hombre de costumbres austeras, pues no bebía alcohol, no fumaba, no comía carne ni pescado, renunció a sus posesiones materiales y era dado a perdonar las ofensas.
Sus escritos sobre la no-violencia fueron la fuente de inspiración para Mahatma Gandhi en su movimiento pacifista.
En el siguiente extracto de un texto titulado "El primer paso" narra el autor ruso la experiencia que tubo al visitar un matadero. He ahí lo que tenía que decir:
El ayuno es condición necesaria de una vida moral; pero en el ayuno, como en la abstinencia, no se sabe por dónde empezar. ¿Cómo se ayuna? ¿Qué hay que comer? ¿Qué intervalo debe dejarse entre las comidas? Así como no se puede trabajar sin método de un modo serio, de igual manera no se puede ayunar sin saber por dónde ha de empezar la abstinencia. La idea de ayunar con método parece estúpida y ridícula a la mayoría
Recuerdo con qué orgullo me decía un evangelista opuesto al ascetismo monástico: «Vuestro cristianismo no estriba en el ayuno y las privaciones, sino en los biftecs; generalmente, el cristianismo y la virtud se armonizan con el biftec.»
Durante las prolongadas tinieblas, y en ausencia de todo guía pagano o cristiano, han penetrado en nuestra existencia tantas nociones salvajes e inmorales, que no es difícil comprender la insolencia y la locura que encierra la afirmación que acabo de citar.
Si no nos inspira horror tal afirmación, es porque miramos sin ver y escuchamos sin oír. No hay olor, por asqueroso que sea, a que el hombre no se acostumbre. No hay ruido a que no se habitúe, ni canallada que no mire con indiferencia. De manera que no se fija en aquello que admiraría a un hombre no acostumbrado a tales cosas. Lo mismo ocurre en la esfera moral.
Visité hace poco los mataderos de Tula. Están construidos según un nuevo modelo perfeccionado, como en las grandes ciudades, de modo que los animales muertos padezcan lo menos posible.
Hace mucho tiempo ya que leyendo el excelente libro «Ethics of Diet», sentía deseos de visitar los mataderos, para asegurarme por mí mismo de la esencia del problema de que se habla cuando se trata del vegetarianismo; pero me ocurría algo parecido a lo que se nota cuando se sabe que se va a experimentar un padecimiento agudo que uno no puede impedir. Aplazaba siempre mi visita.
Pero recientemente hallé en el camino un matarife que iba a Tula. Era un obrero poco hábil y su cometido consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima las reses.
— ¿Qué sacaría de ello? Así como así, tengo que matarlas.
Pero cuando le dije que no es necesario comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo en que verdaderamente era de sentir.
—Pero ¿qué hacerle? Hay que ganarse la vida, Antes, temía matar: mi padre no mató jamás ni una gallina.
En efecto, a la mayoría de los rusos les repugna matar, sienten lástima, y expresan tal sentimiento por la palabra «temor». El también temía, pero dejó de temer, y me explicó que el viernes era el día de más trabajo.
Tuve recientemente una conversación con un soldado, carnicero, que también se admiró al decirle yo que era una lástima matar. Me contestó que es una costumbre necesaria; pero finalmente, convino en que da lástima, y añadió:
—Sobre todo cuando la res se encuentra resignada y mansa, cuando va al degolladero con toda confianza. Sí, inspira mucha piedad.
¡Es horrible! Horribles son, en efecto, no los padecimientos y la muerte de las reses, sino el hecho de que el hombre, sin ninguna necesidad, calle su sentimiento elevado de simpatía hacia seres vivientes como él, y sea cruel venciendo su repugnancia. ¡Cuán profunda es en el corazón del hombre la prohibición de matar a un ser viviente!
Un día que volvíamos de Moscú, unos cosecheros que iban al bosque nos llevaron en sus carros. Era el jueves santo; yo estaba sentado en la delantera del carro, junto al carretero, que era robusto, sanguíneo, grosero: evidentemente, era un labriego aficionado a la bebida. Entramos en una aldea, y vimos, con perdón sea dicho, un cerdo cebado, blanco rosado, que sacaban de una casa para matarlo. Chillaba de un modo desesperado, con gritos que parecían humanos: en el momento preciso en que pasábamos por allí, empezaban a degollarle. Un hombre le hundió el cuchillo en la garganta. Los gruñidos del cerdo fueron más fuertes y agudos; el animal se escapó chorreando sangre. Soy miope, y no vi todos los detalles de la escena: vi únicamente un cuerpo sonrosado como el de un hombre y oí los gruñidos desesperados. El carretero miraba todo aquello sin apartar la vista. Cogieron de nuevo al cerdo, le derribaron y remataron. Cuando cesaron sus gritos, el carretero lanzó un profundo suspiro:
— ¿Cómo puede Dios permitir esto?
Tal exclamación demuestra el profundo asco que inspira al hombre la matanza. Pero el ejemplo, la costumbre de la voracidad, la afirmación de que Dios admite tales cosas, hacen que los hombres pierdan por completo, ese sentimiento natural.
Era un viernes. Fui a Tula, y encontrando a un amigo mío, hombre bueno y sensible, le rogué que me acompañara al matadero.
—Sí, he oído decir que está muy bien montado y me gustaría verlo; pero si matan no iré.
— ¿Y por qué no? Precisamente eso es lo que quiero ver; ya que se come carne, hay que ver cómo se mata a las reses.
—No, no puedo.
Es de notar que mi amigo es cazador, y que por lo tanto mata también.
Llegamos. Apenas en la puerta, sentíase ya un olor fuerte, repugnante, de putrefacción como el de la cola de carpintero.
Cuanta más adelantamos, más crece tal olor. El edificio es de ladrillo rojo muy grande, con bóvedas y altas chimeneas. Entramos por la puerta cochera. A la derecha hay un gran patio cercado, que tiene una superficie de un cuarto de hectárea. Allí es donde, dos veces a la semana, amontonan el ganado vendido. En el extremo de este patio, está la portería: a la izquierda, dos naves con puertas ojivales; el suelo es de asfalta, formando doble pendiente, y allí hay aparatos especiales para colgar las reses muertas.
Junto a la portería, estaban sentados en un banco seis matarifes, que llevaban los delantales manchados de sangre, con las mangas también sanguinolentas, arremangadas, mostrando sus brazos musculosos. Habían terminado ya su trabajo medía hora antes, de modo que aquel día sólo pudimos ver la nave vacía. A pesar de las puertas abiertas, sentíase un olor nauseabundo de sangre caliente; el suelo era obscuro, reluciente, y en las regueras había sangre coagulada.
Uno de los matarifes nos explicó de qué modo se mata, y nos enseñó el sitio en que se verifica tal operación. No la comprendí del todo, y me formé una idea falsa, pero terrible del degüello; pensaba, como ocurre a menudo, que la realidad me causaría menos impresión que lo imaginado, poro estaba en un error.
Otra vez llegué al matadero a buena hora. Era el viernes anterior a la Pascua de Pentecostés, en un día caluroso de junio; el olor a sangre era aún más fuerte que la otra vez y se trabajaba de firme; el gran patio estaba lleno de ganado y había muchas reses también en los cobertizos contiguos a la nave central.
En la calle había carretas cargadas de bueyes, vacas y terneros.
En otros carros, tirados por buenos caballos, veíanse amontonadas terneras vivas, patas arriba. Estos carros se acercaban al matadero y se descargaban.
Había aún otros carros con bueyes muertos cuyas patas se movían al compás de las sacudidas que daba al vehículo, mostrando sus cabezas inertes, los pulmones rojos, y el hígado pardusco; todos salían del matadero. Junto a la cerca había caballos de silla, pertenecientes a los ganaderos. Estos, con sus largas blusas y el látigo en la mano, iban y venían por el patio, o marcaban con alquitrán las reses que los pertenecían; regateaban el precio y vigilaban el transporte del ganado desde el patio al cobertizo, y desde éste a la nave.
Toda aquella gente parecía preocupada por sus negocios y nadie se cuidaba de saber si era una buena o una mala acción matar aquellas reses; tanto pensaban en ello, como se cuidaban de la composición química de la sangre que corría por el suelo.
No había ningún matarife en el palio. Todos trabajaban. Aquel día se mataron unos cien bueyes.
Entré en la nave central y me detuve junto a la puerta; me detuve, porque en el interior apenas se cabía, a causa del ganado que allí se amontonaba, y porque la sangre goteaba del techo, salpicando a los matarifes. Si hubiera yo entrado, también me hubiera manchado el traje.
Unos hombres descolgaban a una res, otros hacían deslizar a otra sobre unos carriles y había a un buey muerto, con las patas blancas, al que desollaba un matarife.
Por la puerta opuesta a la que yo estaba hacían pasar al mismo tiempo un buey rojo y gordo. Le arrastraban. Apenas había salvado el umbral, cuando uno de los matarifes, armado con un hacha de largo mango, le hirió en el cuello. Como si a un tiempo le hubieran cortado las cuatro patas, el buey cayó pesadamente al suelo, se volvió de lado y movió convulsivamente las patas y la cola. Entonces un matarife se echó sobre él, le cogió por los cuernos, hizo que la cabeza se bajara hasta el suelo, y otro matarife le degolló. Por la abierta herida, la sangre, de un rojo obscuro, brotaba como de una fuente, y la recogía en un barreño de metal, un niño salpicado de sangre. Entre tanto, el buey no cesaba de mover y sacudir la cabeza y agitar convulsivamente las patas.
El barreño se llenaba rápidamente, pero el buey vivía aun y continuaba azotando el aire con las pezuñas, lo cual obligaba a los carniceros a apartarse. Tan pronto como el barreño estuvo lleno, el muchacho se lo colocó en la cabeza y lo llevó a la fábrica de albúmina, mientras otro niño traía otro barreño que se llenaba a su vez.
El buey continuaba perneando desesperadamente. Cuando cesó de correr la sangre, el carnicero levantó la cabeza del buey, y empezó a desollarlo; el animal aun se movía. Tenía la cabeza ya desollada, roja, con las venas blancas, y tomaba la posición que le daban los matarifes. Colgaba la piel a ambos lados, y el buey no cesaba de moverse. Otro carnicero cogió entonces al buey por una pata, se la rompió y se la cortó: el vientre y las otras piernas se estremecían aún convulsivamente; después; le cortaron los miembros restantes y los echaron en un montón con las piernas de los otros bueyes del mismo ganadero. Luego arrastraron a la res hacia la polea y la colgaron. Entonces únicamente es cuando el buey no dio señal de vida. De igual manera vi matar desde la puerta tres bueyes más. A todos le hicieron la misma operación; a todos les cortaron la cabeza, cuya lengua pendía entre los dientes; la diferencia consistía en que a veces el matarife no acertaba el golpe; el buey se resistía, mugía y, chorreando sangre, trataba de escapar de manos de los carniceros. Entonces le arrastraban hasta el centro de la nave, le herían de nuevo y caía.
Di la vuelta, y me acerqué a la puerta opuesta y vi repetir la misma operación, pero más de cerca y con mayor claridad. Vi sobre todo lo que no había podido ver desde la otra puerta: de qué manera se obligaba a los animales a entrar. Cada vez que cogían un buey del cobertizo y le arrastraban por medio de una cuerda atada a los cuernos, el animal, oliendo la sangre, se resistía, mugía y retrocedía; dos hombres no hubieran podido arrastrarle a la fuerza; y he aquí por qué, entonces, uno de los matarifes se le acercaba, cogía al buey por la cola, se la retorcía y le rompía una vértebra; el animal adelantaba temeroso. Cuando hubieron acabado de matar los bueyes de un ganadero, empezaron con los del otro.
El primer animal de esta nueva ganadería era un toro hermoso, robusto, berrendo en negro, y botinero; un animal joven, musculoso, enérgico. Tiraron de la cuerda, bajó la cabeza y se detuvo con decisión; pero el matarife marchaba detrás, y como un herrero que coge el mango de un fuelle, cogió la cola, la retorció; crujieron las vértebras, embistió el toro tirando al suelo a los que sujetaban la cuerda, y se detuvo de nuevo mirando a ambos lados con sus ojos negros llenos de fuego; de nuevo crujió la cola, adelantó el toro, y entonces llegó a donde se quería; el matarife se acercó, apuntó e hirió; el golpe mal dirigido, no hizo caer a las res, que agitó con fuerza la cabeza, mugió, y sangrienta y furiosa se soltó y se echó hacia atrás. Todos los que estaban junto a la puerta huyeron; pero los matarifes, acostumbrados al peligro, se apoderaron rápidamente de la cuerda, de nuevo rompieron la cola y otra vez el toro se encontró en la nave, en el sitio requerido. Ya no pudo escapar. El matarife apuntó rápidamente, halló el punto que quería, hirió, y el hermoso animal, lleno de vida, cayó moviendo la cabeza y las piernas mientras le degollaban y desollaban.
— ¡Maldito diablo! No ha caído donde era preciso—murmuró el matarife, cortándole la piel de la cabeza.
Cinco minutos después, la cabeza negra era roja, y aquellos ojos, que brillaban con tanta fuerza cinco minutos antes, aparecían vidriosos y apagados.
Luego fui al sitio donde matan los carneros. Era una gran nave con el suelo asfaltado, y mesas con respaldos, sobre las cuales se degüella a los carneros y terneras. En aquella cuadra impregnada del olor de la sangre, había acabado el trabajo, y únicamente estaban dos matarifes. Uno de ellos soplaba en la pierna de un carnero muerto y frotaba con la mano el vientre hinchado del animal; el otro, que era mozo y llevaba el delantal lleno de sangre, fumaba un cigarrillo. Me siguió un hombre que parecía un antiguo soldado. Llevaba un corderito de un día, negro, con una mancha en el cuello y las patas atadas, y lo puso sobre una mesa.
El soldado, que se conocía que había ido muchas veces a aquel sitio, dio los buenos días y trabó conversación explicando que tenía que pedir licencia a su amo. El mozo del cigarrillo se acercó empuñando un cuchillo, y contestó que les daban permiso los días de fiesta. El cordero vivo estaba tan inmóvil como el carnero muerto e hinchado con la diferencia de que agitaba vivamente la colita y se le movían los costados más rápidamente que de costumbre. El soldado, sin hacer ningún esfuerzo, apoyó la cabeza del animalito en la mesa, y el matarife, sin cesar de hablar, cogió con la mano izquierda la cabeza del cordero, y le cortó el cuello. Agitóse la víctima, la cola se le puso rígida, y cesó de moverse. El carnicero, mientras brotaba la sangre, encendió de nuevo el cigarrillo. Cuando acababa de desangrarse, se agitó de nuevo el cordero, y la conversación continuó sin interrumpirse un sólo instante.
¡Y las gallinas, y los pollos, que por millares se sacrifican a diario en las cocinas, y que con las cabezas cortadas, chorreando sangre, se estremecen y baten las alas de una manera tan cómica como terrible!
Y, sin embargo, la Señora de corazón sensible come ese volátil con la completa seguridad de su derecho, afirmando dos opiniones que se contradicen: la primera, que está tan delicada, según le aseguró su médico, que no podría soportar una alimentación exclusivamente vegetal, y que a su débil organismo le hace falta la carne; la segunda, que es tan sensible, que no puede hacer padecer a los animales, ni soportar la vista de sus padecimientos.
En realidad, esta pobre señora está débil, porque la han acostumbrado a nutrirse de alimentos contrarios a la naturaleza humana; y no puedo dejar de hacer padecer a los animales, por la sencilla razón de que se los come.
No se puede fingir ignorancia, porque no somos avestruces; no podemos creer que, si no miramos, no sucederá lo que no queremos ver. Más imposible es aún no querer ver lo que comemos.
Si por lo menos fuera necesario, o siquiera útil; ¡pero no!, para nada sirve1, a no ser para desarrollar los sentimientos bestiales, la lujuria, la glotonería, la borrachera.
Esto está confirmado por el hecho de que los jóvenes buenos y puros, sobre todo, las mujeres y las jóvenes, comprenden, de un modo instintivo, que la virtud no se armoniza con el biftec, y así, cuando quieren ser buenos, abandonan el alimento animal.
¿Qué quiero probar? ¿Acaso que los hombres, para ser buenos, deben cesar de comer carne? No.
Quiero solamente demostrar que, para conseguir llevar una vida moral, es indispensable adquirir progresivamente las cualidades necesarias, y que de todas las virtudes, la que primero hay que conquistar es la sobriedad, la voluntad de dominar las pasiones. Tendiendo hacia la abstinencia, el hombre seguirá, necesariamente, cierto orden bien definido, y en el tal orden, la primera virtud será la sobriedad en la alimentación, el ayuno relativo.
Si busca seria y sinceramente el camino moral, lo primero que debe hacer el hombre es privarse de comer carne; pues, además de que excita las pasiones, su uso es inmoral, porque exige una acción contraria al sentimiento de la moralidad —el asesinato— que provocan la glotonería y la voracidad.
¿Por qué la privación de la carne ha de ser la primera etapa hacia la vida moral?
Á esto se contesta perfectamente en el libro «The Ethics of Diet», no por un sólo hombre, sino por toda la humanidad, en la persona de sus mejores representantes desde que la humanidad alcanzó la edad de la razón.
«Pero ¿por qué si la inmoralidad de una alimentación animal fue conocida desde hace tanto tiempo, no se ha llegado hasta ahora a tener conciencia de esa ley?» preguntarán aquéllos que juzgan antes por la opinión corriente que por su propia razón. La respuesta es que el movimiento moralizador que constituye la base de todo progreso, se cumple siempre lentamente, y que el indicio de todo verdadero movimiento estriba en su carácter de perpetuidad y constante aceleración.
Tal es el movimiento vegetariano; este movimiento está expresado tan bien por todos los escritos que se incluyen en el libro citado como por la existencia misma de la humanidad, la cual tiende más y más, sin que lo advierta siquiera, a pasar de la alimentación animal al régimen vegetal y este movimiento se manifiesta con una fuerza particular y consciente en el vegetarismo, que adquiere cada vez mayor extensión.
Cada vez hay más hombres que renuncian al consumo de la carne en Alemania, en Inglaterra y en América, y cada año aumenta en esos países el número de hoteles y posadas vegetarianas.
Este movimiento debe alegrar a los hombres que tratan de realizar el reinado de Dios en la tierra, no porque el vegetarismo sea por sí minino un paso hacia ese reino, sino porque es el indicio de que la tendencia hacia la perfección moral del hombre es seria y sincera, ya que esta tendencia implica un orden invariable que le es propio y que empieza por la primera etapa.
Hay que regocijarse por ello, y esta alegría es comparable a la que deben experimentar los hombres que, queriendo alcanzar el piso más alto de un edificio, hubieran pensado primeramente mi escalar la pared y advirtieran, por fin, que el medió más sencillo es empezar por el primer peldaño de la escalera.
