domingo, 15 de noviembre de 2009

León Tolstói y su visita a un matadero

León Tolstói destacó en su época por dos cuestiones: la primera, por su gran genio escribiendo novelas. Y la segunda, por la defensa de una vida sin violencia basada en principios Cirstianos libertarios o anarco-cristianos.
Era hombre de costumbres austeras, pues no bebía alcohol, no fumaba, no comía carne ni pescado, renunció a sus posesiones materiales y era dado a perdonar las ofensas.
Sus escritos sobre la no-violencia fueron la fuente de inspiración para Mahatma Gandhi en su movimiento pacifista.
En el siguiente extracto de un texto titulado "El primer paso" narra el autor ruso la experiencia que tubo al visitar un matadero. He ahí lo que tenía que decir:
IX

El ayuno es condición necesaria de una vida moral; pero en el ayuno, como en la abstinencia, no se sabe por dónde empezar. ¿Cómo se ayuna? ¿Qué hay que comer? ¿Qué intervalo debe dejarse entre las comidas? Así como no se puede trabajar sin método de un modo serio, de igual manera no se puede ayunar sin saber por dónde ha de empezar la abstinencia. La idea de ayunar con método parece estúpida y ridícula a la mayoría
Recuerdo con qué orgullo me decía un evangelista opuesto al ascetismo monástico: «Vuestro cristianismo no estriba en el ayuno y las privaciones, sino en los biftecs; generalmente, el cristianismo y la virtud se armonizan con el biftec.»
Durante las prolongadas tinieblas, y en ausencia de todo guía pagano o cristiano, han penetrado en nuestra existencia tantas nociones salvajes e inmorales, que no es difícil comprender la insolencia y la locura que encierra la afirmación que acabo de citar.
Si no nos inspira horror tal afirmación, es porque miramos sin ver y escuchamos sin oír. No hay olor, por asqueroso que sea, a que el hombre no se acostumbre. No hay ruido a que no se habitúe, ni canallada que no mire con indiferencia. De manera que no se fija en aquello que admiraría a un hombre no acostumbrado a tales cosas. Lo mismo ocurre en la esfera moral.
Visité hace poco los mataderos de Tula. Están construidos según un nuevo modelo perfeccionado, como en las grandes ciudades, de modo que los animales muertos padezcan lo menos posible.
Hace mucho tiempo ya que leyendo el excelente libro «Ethics of Diet», sentía deseos de visitar los mataderos, para asegurarme por mí mismo de la esencia del problema de que se habla cuando se trata del vegetarianismo; pero me ocurría algo parecido a lo que se nota cuando se sabe que se va a experimentar un padecimiento agudo que uno no puede impedir. Aplazaba siempre mi visita.
Pero recientemente hallé en el camino un matarife que iba a Tula. Era un obrero poco hábil y su cometido consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima las reses.
— ¿Qué sacaría de ello? Así como así, tengo que matarlas.
Pero cuando le dije que no es necesario comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo en que verdaderamente era de sentir.
—Pero ¿qué hacerle? Hay que ganarse la vida, Antes, temía matar: mi padre no mató jamás ni una gallina.
En efecto, a la mayoría de los rusos les repugna matar, sienten lástima, y expresan tal sentimiento por la palabra «temor». El también temía, pero dejó de temer, y me explicó que el viernes era el día de más trabajo.
Tuve recientemente una conversación con un soldado, carnicero, que también se admiró al decirle yo que era una lástima matar. Me contestó que es una costumbre necesaria; pero finalmente, convino en que da lástima, y añadió:
—Sobre todo cuando la res se encuentra resignada y mansa, cuando va al degolladero con toda confianza. Sí, inspira mucha piedad.
¡Es horrible! Horribles son, en efecto, no los padecimientos y la muerte de las reses, sino el hecho de que el hombre, sin ninguna necesidad, calle su sentimiento elevado de simpatía hacia seres vivientes como él, y sea cruel venciendo su repugnancia. ¡Cuán profunda es en el corazón del hombre la prohibición de matar a un ser viviente!
Un día que volvíamos de Moscú, unos cosecheros que iban al bosque nos llevaron en sus carros. Era el jueves santo; yo estaba sentado en la delantera del carro, junto al carretero, que era robusto, sanguíneo, grosero: evidentemente, era un labriego aficionado a la bebida. Entramos en una aldea, y vimos, con perdón sea dicho, un cerdo cebado, blanco rosado, que sacaban de una casa para matarlo. Chillaba de un modo desesperado, con gritos que parecían humanos: en el momento preciso en que pasábamos por allí, empezaban a degollarle. Un hombre le hundió el cuchillo en la garganta. Los gruñidos del cerdo fueron más fuertes y agudos; el animal se escapó chorreando sangre. Soy miope, y no vi todos los detalles de la escena: vi únicamente un cuerpo sonrosado como el de un hombre y oí los gruñidos desesperados. El carretero miraba todo aquello sin apartar la vista. Cogieron de nuevo al cerdo, le derribaron y remataron. Cuando cesaron sus gritos, el carretero lanzó un profundo suspiro:
— ¿Cómo puede Dios permitir esto?
Tal exclamación demuestra el profundo asco que inspira al hombre la matanza. Pero el ejemplo, la costumbre de la voracidad, la afirmación de que Dios admite tales cosas, hacen que los hombres pierdan por completo, ese sentimiento natural.
Era un viernes. Fui a Tula, y encontrando a un amigo mío, hombre bueno y sensible, le rogué que me acompañara al matadero.
—Sí, he oído decir que está muy bien montado y me gustaría verlo; pero si matan no iré.
— ¿Y por qué no? Precisamente eso es lo que quiero ver; ya que se come carne, hay que ver cómo se mata a las reses.
—No, no puedo.
Es de notar que mi amigo es cazador, y que por lo tanto mata también.
Llegamos. Apenas en la puerta, sentíase ya un olor fuerte, repugnante, de putrefacción como el de la cola de carpintero.
Cuanta más adelantamos, más crece tal olor. El edificio es de ladrillo rojo muy grande, con bóvedas y altas chimeneas. Entramos por la puerta cochera. A la derecha hay un gran patio cercado, que tiene una superficie de un cuarto de hectárea. Allí es donde, dos veces a la semana, amontonan el ganado vendido. En el extremo de este patio, está la portería: a la izquierda, dos naves con puertas ojivales; el suelo es de asfalta, formando doble pendiente, y allí hay aparatos especiales para colgar las reses muertas.
Junto a la portería, estaban sentados en un banco seis matarifes, que llevaban los delantales manchados de sangre, con las mangas también sanguinolentas, arremangadas, mostrando sus brazos musculosos. Habían terminado ya su trabajo medía hora antes, de modo que aquel día sólo pudimos ver la nave vacía. A pesar de las puertas abiertas, sentíase un olor nauseabundo de sangre caliente; el suelo era obscuro, reluciente, y en las regueras había sangre coagulada.
Uno de los matarifes nos explicó de qué modo se mata, y nos enseñó el sitio en que se verifica tal operación. No la comprendí del todo, y me formé una idea falsa, pero terrible del degüello; pensaba, como ocurre a menudo, que la realidad me causaría menos impresión que lo imaginado, poro estaba en un error.
Otra vez llegué al matadero a buena hora. Era el viernes anterior a la Pascua de Pentecostés, en un día caluroso de junio; el olor a sangre era aún más fuerte que la otra vez y se trabajaba de firme; el gran patio estaba lleno de ganado y había muchas reses también en los cobertizos contiguos a la nave central.
En la calle había carretas cargadas de bueyes, vacas y terneros.
En otros carros, tirados por buenos caballos, veíanse amontonadas terneras vivas, patas arriba. Estos carros se acercaban al matadero y se descargaban.
Había aún otros carros con bueyes muertos cuyas patas se movían al compás de las sacudidas que daba al vehículo, mostrando sus cabezas inertes, los pulmones rojos, y el hígado pardusco; todos salían del matadero. Junto a la cerca había caballos de silla, pertenecientes a los ganaderos. Estos, con sus largas blusas y el látigo en la mano, iban y venían por el patio, o marcaban con alquitrán las reses que los pertenecían; regateaban el precio y vigilaban el transporte del ganado desde el patio al cobertizo, y desde éste a la nave.
Toda aquella gente parecía preocupada por sus negocios y nadie se cuidaba de saber si era una buena o una mala acción matar aquellas reses; tanto pensaban en ello, como se cuidaban de la composición química de la sangre que corría por el suelo.
No había ningún matarife en el palio. Todos trabajaban. Aquel día se mataron unos cien bueyes.
Entré en la nave central y me detuve junto a la puerta; me detuve, porque en el interior apenas se cabía, a causa del ganado que allí se amontonaba, y porque la sangre goteaba del techo, salpicando a los matarifes. Si hubiera yo entrado, también me hubiera manchado el traje.
Unos hombres descolgaban a una res, otros hacían deslizar a otra sobre unos carriles y había a un buey muerto, con las patas blancas, al que desollaba un matarife.
Por la puerta opuesta a la que yo estaba hacían pasar al mismo tiempo un buey rojo y gordo. Le arrastraban. Apenas había salvado el umbral, cuando uno de los matarifes, armado con un hacha de largo mango, le hirió en el cuello. Como si a un tiempo le hubieran cortado las cuatro patas, el buey cayó pesadamente al suelo, se volvió de lado y movió convulsivamente las patas y la cola. Entonces un matarife se echó sobre él, le cogió por los cuernos, hizo que la cabeza se bajara hasta el suelo, y otro matarife le degolló. Por la abierta herida, la sangre, de un rojo obscuro, brotaba como de una fuente, y la recogía en un barreño de metal, un niño salpicado de sangre. Entre tanto, el buey no cesaba de mover y sacudir la cabeza y agitar convulsivamente las patas.
El barreño se llenaba rápidamente, pero el buey vivía aun y continuaba azotando el aire con las pezuñas, lo cual obligaba a los carniceros a apartarse. Tan pronto como el barreño estuvo lleno, el muchacho se lo colocó en la cabeza y lo llevó a la fábrica de albúmina, mientras otro niño traía otro barreño que se llenaba a su vez.
El buey continuaba perneando desesperadamente. Cuando cesó de correr la sangre, el carnicero levantó la cabeza del buey, y empezó a desollarlo; el animal aun se movía. Tenía la cabeza ya desollada, roja, con las venas blancas, y tomaba la posición que le daban los matarifes. Colgaba la piel a ambos lados, y el buey no cesaba de moverse. Otro carnicero cogió entonces al buey por una pata, se la rompió y se la cortó: el vientre y las otras piernas se estremecían aún convulsivamente; después; le cortaron los miembros restantes y los echaron en un montón con las piernas de los otros bueyes del mismo ganadero. Luego arrastraron a la res hacia la polea y la colgaron. Entonces únicamente es cuando el buey no dio señal de vida. De igual manera vi matar desde la puerta tres bueyes más. A todos le hicieron la misma operación; a todos les cortaron la cabeza, cuya lengua pendía entre los dientes; la diferencia consistía en que a veces el matarife no acertaba el golpe; el buey se resistía, mugía y, chorreando sangre, trataba de escapar de manos de los carniceros. Entonces le arrastraban hasta el centro de la nave, le herían de nuevo y caía.
Di la vuelta, y me acerqué a la puerta opuesta y vi repetir la misma operación, pero más de cerca y con mayor claridad. Vi sobre todo lo que no había podido ver desde la otra puerta: de qué manera se obligaba a los animales a entrar. Cada vez que cogían un buey del cobertizo y le arrastraban por medio de una cuerda atada a los cuernos, el animal, oliendo la sangre, se resistía, mugía y retrocedía; dos hombres no hubieran podido arrastrarle a la fuerza; y he aquí por qué, entonces, uno de los matarifes se le acercaba, cogía al buey por la cola, se la retorcía y le rompía una vértebra; el animal adelantaba temeroso. Cuando hubieron acabado de matar los bueyes de un ganadero, empezaron con los del otro.
El primer animal de esta nueva ganadería era un toro hermoso, robusto, berrendo en negro, y botinero; un animal joven, musculoso, enérgico. Tiraron de la cuerda, bajó la cabeza y se detuvo con decisión; pero el matarife marchaba detrás, y como un herrero que coge el mango de un fuelle, cogió la cola, la retorció; crujieron las vértebras, embistió el toro tirando al suelo a los que sujetaban la cuerda, y se detuvo de nuevo mirando a ambos lados con sus ojos negros llenos de fuego; de nuevo crujió la cola, adelantó el toro, y entonces llegó a donde se quería; el matarife se acercó, apuntó e hirió; el golpe mal dirigido, no hizo caer a las res, que agitó con fuerza la cabeza, mugió, y sangrienta y furiosa se soltó y se echó hacia atrás. Todos los que estaban junto a la puerta huyeron; pero los matarifes, acostumbrados al peligro, se apoderaron rápidamente de la cuerda, de nuevo rompieron la cola y otra vez el toro se encontró en la nave, en el sitio requerido. Ya no pudo escapar. El matarife apuntó rápidamente, halló el punto que quería, hirió, y el hermoso animal, lleno de vida, cayó moviendo la cabeza y las piernas mientras le degollaban y desollaban.
— ¡Maldito diablo! No ha caído donde era preciso—murmuró el matarife, cortándole la piel de la cabeza.
Cinco minutos después, la cabeza negra era roja, y aquellos ojos, que brillaban con tanta fuerza cinco minutos antes, aparecían vidriosos y apagados.
Luego fui al sitio donde matan los carneros. Era una gran nave con el suelo asfaltado, y mesas con respaldos, sobre las cuales se degüella a los carneros y terneras. En aquella cuadra impregnada del olor de la sangre, había acabado el trabajo, y únicamente estaban dos matarifes. Uno de ellos soplaba en la pierna de un carnero muerto y frotaba con la mano el vientre hinchado del animal; el otro, que era mozo y llevaba el delantal lleno de sangre, fumaba un cigarrillo. Me siguió un hombre que parecía un antiguo soldado. Llevaba un corderito de un día, negro, con una mancha en el cuello y las patas atadas, y lo puso sobre una mesa.
El soldado, que se conocía que había ido muchas veces a aquel sitio, dio los buenos días y trabó conversación explicando que tenía que pedir licencia a su amo. El mozo del cigarrillo se acercó empuñando un cuchillo, y contestó que les daban permiso los días de fiesta. El cordero vivo estaba tan inmóvil como el carnero muerto e hinchado con la diferencia de que agitaba vivamente la colita y se le movían los costados más rápidamente que de costumbre. El soldado, sin hacer ningún esfuerzo, apoyó la cabeza del animalito en la mesa, y el matarife, sin cesar de hablar, cogió con la mano izquierda la cabeza del cordero, y le cortó el cuello. Agitóse la víctima, la cola se le puso rígida, y cesó de moverse. El carnicero, mientras brotaba la sangre, encendió de nuevo el cigarrillo. Cuando acababa de desangrarse, se agitó de nuevo el cordero, y la conversación continuó sin interrumpirse un sólo instante.
¡Y las gallinas, y los pollos, que por millares se sacrifican a diario en las cocinas, y que con las cabezas cortadas, chorreando sangre, se estremecen y baten las alas de una manera tan cómica como terrible!
Y, sin embargo, la Señora de corazón sensible come ese volátil con la completa seguridad de su derecho, afirmando dos opiniones que se contradicen: la primera, que está tan delicada, según le aseguró su médico, que no podría soportar una alimentación exclusivamente vegetal, y que a su débil organismo le hace falta la carne; la segunda, que es tan sensible, que no puede hacer padecer a los animales, ni soportar la vista de sus padecimientos.
En realidad, esta pobre señora está débil, porque la han acostumbrado a nutrirse de alimentos contrarios a la naturaleza humana; y no puedo dejar de hacer padecer a los animales, por la sencilla razón de que se los come.
X

No se puede fingir ignorancia, porque no somos avestruces; no podemos creer que, si no miramos, no sucederá lo que no queremos ver. Más imposible es aún no querer ver lo que comemos.
Si por lo menos fuera necesario, o siquiera útil; ¡pero no!, para nada sirve1, a no ser para desarrollar los sentimientos bestiales, la lujuria, la glotonería, la borrachera.
Esto está confirmado por el hecho de que los jóvenes buenos y puros, sobre todo, las mujeres y las jóvenes, comprenden, de un modo instintivo, que la virtud no se armoniza con el biftec, y así, cuando quieren ser buenos, abandonan el alimento animal.
¿Qué quiero probar? ¿Acaso que los hombres, para ser buenos, deben cesar de comer carne? No.
Quiero solamente demostrar que, para conseguir llevar una vida moral, es indispensable adquirir progresivamente las cualidades necesarias, y que de todas las virtudes, la que primero hay que conquistar es la sobriedad, la voluntad de dominar las pasiones. Tendiendo hacia la abstinencia, el hombre seguirá, necesariamente, cierto orden bien definido, y en el tal orden, la primera virtud será la sobriedad en la alimentación, el ayuno relativo.
Si busca seria y sinceramente el camino moral, lo primero que debe hacer el hombre es privarse de comer carne; pues, además de que excita las pasiones, su uso es inmoral, porque exige una acción contraria al sentimiento de la moralidad —el asesinato— que provocan la glotonería y la voracidad.
¿Por qué la privación de la carne ha de ser la primera etapa hacia la vida moral?
Á esto se contesta perfectamente en el libro «The Ethics of Diet», no por un sólo hombre, sino por toda la humanidad, en la persona de sus mejores representantes desde que la humanidad alcanzó la edad de la razón.
«Pero ¿por qué si la inmoralidad de una alimentación animal fue conocida desde hace tanto tiempo, no se ha llegado hasta ahora a tener conciencia de esa ley?» preguntarán aquéllos que juzgan antes por la opinión corriente que por su propia razón. La respuesta es que el movimiento moralizador que constituye la base de todo progreso, se cumple siempre lentamente, y que el indicio de todo verdadero movimiento estriba en su carácter de perpetuidad y constante aceleración.
Tal es el movimiento vegetariano; este movimiento está expresado tan bien por todos los escritos que se incluyen en el libro citado como por la existencia misma de la humanidad, la cual tiende más y más, sin que lo advierta siquiera, a pasar de la alimentación animal al régimen vegetal y este movimiento se manifiesta con una fuerza particular y consciente en el vegetarismo, que adquiere cada vez mayor extensión.
Cada vez hay más hombres que renuncian al consumo de la carne en Alemania, en Inglaterra y en América, y cada año aumenta en esos países el número de hoteles y posadas vegetarianas.
Este movimiento debe alegrar a los hombres que tratan de realizar el reinado de Dios en la tierra, no porque el vegetarismo sea por sí minino un paso hacia ese reino, sino porque es el indicio de que la tendencia hacia la perfección moral del hombre es seria y sincera, ya que esta tendencia implica un orden invariable que le es propio y que empieza por la primera etapa.
Hay que regocijarse por ello, y esta alegría es comparable a la que deben experimentar los hombres que, queriendo alcanzar el piso más alto de un edificio, hubieran pensado primeramente mi escalar la pared y advirtieran, por fin, que el medió más sencillo es empezar por el primer peldaño de la escalera.

3 comentarios:

  1. Porque nadie ha comentado ????....yo trabajé en mataderos...y la herida que me dejó esa etapa de mi vida me va a durar siempre, hoy está cicatrizada (creo) pero está ahí diciendome.. no olvidar...en qué momento perdimos la senda??...desde que nos expulsaron del paraiso???...que equivocados estamos y que dormidos andamos por la vida

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  2. coincido con vivi. Muy bueno el texto de Tolstoi.

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  3. Hola
    Encontré tu página dedicada a Tolstói y por desgracia ya no está disponible el archivo de el reino de Dios esta dentro de vosotros.

    De allí entré a tu blog y descubro con gusto que dedicas varias de tus entradas a este gran escritor que tantas y tantas enseñanzas dejo al mundo.

    En mi blog también dedico espacio a Tolstoi. Te invito a visitarlo.

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